EPIFANÍA DEL SEÑOR 6 ENERO FIESTA DE LOS REYES

El martes día 6, Epifanía del Señor, las misas serán en el horario de domingo y festivos. El lunes 5, por la tarde como es víspera de solemnidad, habrá misa a las 19 h. y a las 20 h.

Epifanía significa manifestación, la manifestación del Señor. Pero ¿no se había manifestado ya en la navidad, con su nacimiento? Efectivamente, el nacimiento de Jesús fue la manifestación y visibilización del Señor del universo en el mundo, y la presencia visible en él del Enmanuel, el Dios con nosotros. Así que, ¿qué añade esta fiesta a la navidad?

         Sin duda, la presencia de unos nuevos destinatarios (y beneficiarios) de esta manifestación o epifanía: los magos de Oriente. Pero ¿a qué conceder tanta importancia a estos personajes casi de fábula, venidos del lejano Oriente? El relieve que les confiere el relato evangélico es equiparable al que les es concedido a los pastores o a otros personajes anónimos de la historiografía de Jesús. ¿Dónde radica, pues, su relevancia?

         San Pablo lo deja entrever cuando habla de la «manifestación de un misterio» que no se había revelado nunca como «hasta ahora» (este ahora coincidiendo con su tiempo histórico) a sus apóstoles y profetas. ¿Y qué misterio es ése? El apóstol lo precisa: que también los gentiles (y no sólo los judíos) son coherederos, y partícipes de la promesa dada en Jesucristo por el evangelio.

         La promesa de la herencia se hace, pues, extensiva a todos los hombres. Todos los hombres estamos llamados a heredar la salvación que se anuncia y se hace realidad con Jesucristo, el Dios con nosotros. Y los magos son la representación de los gentiles, esto es, de los venidos de lejos o de fuera, de los no-judíos. Su valor, por tanto, está en lo que representan como destinatarios de la salvación (un regalo) aportada por Cristo.

         Pero los magos no sólo representan a los gentiles sin más, sino a los gentiles que buscan y están en una actitud que les mantiene abiertos a una posible manifestación salvífica de Dios. Están abiertos, por tanto, a la trascendencia y a la voz de la trascendencia. Están abiertos a los signos astrales, a los conocimientos que emanan de la investigación científica. Y también a la voz de los profetas, confiando en que en ellos y sus Escrituras resuene la voz del mismo Dios.

         Ello requiere un mínimo de confianza. Confianza en lo que observan los sentidos, confianza en lo que deduce la razón, confianza en el testimonio sincero y creíble de los testigos de Dios en el mundo. Sin este mínimo de confianza (y humildad), sin esta apertura al mundo y a su misterio (a Dios) y sin esta fe, no es posible dar crédito a nada, ni a lo que nos muestran los sentidos (que en ciertas circunstancias engañan), ni a las conclusiones de nuestros científicos (que pueden ser erradas o no del todo explicativas), ni a las revelaciones de nuestros profetas y santos.

         Los magos buscaron, y preguntaron (porque no hay búsqueda sin preguntas): ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Preguntaron incluso en casa del enemigo (Herodes), y obtuvieron respuestas (porque las había): En Belén de Judá (así lo anticipaba el profeta). Finalmente encontraron al niño del que hablaban las profecías y las estrellas. Al parecer, aquel hallazgo colmó sus expectativas, aunque no vieron más que a un niño en brazos de su madre.

         Pero ellos, cayendo de rodillas, lo adoraron. Lo adoraron como a su Rey y Señor, porque reconocieron en él al futuro rey de los judíos y quizás algo más. A nosotros al menos, los representados en los magos, se nos pide que lo adoremos como al mismo Dios, como al Dios con nosotros, como a Dios en la carne de un niño. Porque ser doctrinalmente cristiano es reconocer a Dios en su encarnación, en la humanidad de Jesucristo.

         La cortesía palaciega exigía portar regalos al rey anfitrión, y la gratitud por el beneficio exige de nosotros una correspondencia en forma de ofrendas o de regalos. Pero ¿qué podemos regalar nosotros a Aquel que nos lo ha dado todo con su Hijo? No hay regalo proporcional a éste; tampoco es regalable Aquel de quien lo hemos recibido todo.

         Ese niño al que los magos obsequiaron con regalos como a un Rey, ofreció su propia vida (ofrenda de amor) en favor de todos esos hombres representados por los magos, en favor de todos nosotros. ¿Qué cabe esperar de nosotros, los que hemos recibido semejante regalo, sino una devolución agradecida que guarde cierta correspondencia con su ofrenda de amor?

         La mejor muestra de gratitud es en primer lugar el reconocimiento del regalo y, después, la necesidad de dar algo a cambio, aunque esto sea desproporcionado. Pero el regalo sólo es tal cuando es una expresión de nuestro propio afecto, es decir, cuando nos regalamos con él a nosotros mismos. Si el regalo no fuera expresión de la propia entrega, perdería todo su valor.

         El regalo, o es expresión de amor o no es nada. Más aún, si fuese algo, sería una falsedad, una apariencia de amor inexistente. La vida, regalo de Dios, nos ha sido dada para regalarla a su vez. De no hacerlo, quedaría frustrada en su misma realidad de don. Y toda frustración genera tristeza: la tristeza de lo que queda estéril o incompleto en su realización.

         Pidamos al Señor de los dones en este día de su manifestación a los pueblos gentiles que abra nuestros corazones clausurados por el egoísmo a la vida en todas sus manifestaciones, que haga de nuestras vidas un don para los demás.

1ª Lectura (Is 60,1-6): ¡Levántate y resplandece, Jerusalén, porque llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, y su gloria se verá sobre ti. Caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen hacia ti; llegan tus hijos desde lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces lo verás, y estarás radiante; tu corazón se asombrará, se ensanchará, porque la opulencia del mar se vuelca sobre ti, y a ti llegan las riquezas de los pueblos. Te cubrirá una multitud de camellos, dromedarios de Madián y de Efá. Todos los de Saba llegan trayendo oro e incienso, y proclaman las alabanzas del Señor.

Salmo responsorial: 71

R/. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos dé la tierra.

Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.

En sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; domine de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.

Los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo. Los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones; postraos ante él todos los reyes, y servidle todos los pueblos.

Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres.

2ª Lectura (Ef 3,2-3a.5-6): Hermanos: Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor de vosotros, los gentiles. Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo, y partícipes de la misma promesa en Jesucristo, por el Evangelio.

Versículo antes del Evangelio (Mt 2,2): Aleluya. Vimos su estrella en el oriente, y venimos a adorar al Señor. Aleluya.

Texto del Evangelio (Mt 2,1-12): Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle». En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: ‘Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel’».

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: «Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle».

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al Niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.

«Entraron en la casa; vieron al Niño con María su madre y, postrándose, le adoraron»Rev. D. Joaquim VILLANUEVA i Poll(Barcelona, España)

Hoy, el profeta Isaías nos anima: «Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti» (Is 60,1). Esa luz que había visto el profeta es la estrella que ven los Magos en Oriente, con muchos otros hombres. Los Magos descubren su significado. Los demás la contemplan como algo que les parece admirable, pero que no les afecta. Y, así, no reaccionan. Los Magos se dan cuenta de que, con ella, Dios les envía un mensaje importante por el que vale la pena cargar con las molestias de dejar la comodidad de lo seguro, y arriesgarse a un viaje incierto: la esperanza de encontrar al Rey les lleva a seguir a esa estrella, que habían anunciado los profetas y esperado el pueblo de Israel durante siglos.

Llegan a Jerusalén, la capital de los judíos. Piensan que allí sabrán indicarles el lugar preciso donde ha nacido su Rey. Efectivamente, les dirán: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta» (Mt 2,5). La noticia de la llegada de los Magos y su pregunta se propagaría por toda Jerusalén en poco tiempo: Jerusalén era entonces una ciudad pequeña, y la presencia de los Magos con su séquito debió ser notada por todos sus habitantes, pues «el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén» (Mt 2,3), nos dice el Evangelio.

Jesucristo se cruza en la vida de muchas personas, a quienes no interesa. Un pequeño esfuerzo habría cambiado sus vidas, habrían encontrado al Rey del Gozo y de la Paz. Esto requiere la buena voluntad de buscarle, de movernos, de preguntar sin desanimarnos, como los Magos, de salir de nuestra poltronería, de nuestra rutina, de apreciar el inmenso valor de encontrar a Cristo. Si no le encontramos, no hemos encontrado nada en la vida, porque sólo Él es el Salvador: encontrar a Jesús es encontrar el Camino que nos lleva a conocer la Verdad que nos da la Vida. Y, sin Él, nada de nada vale la pena.