SANTA MARÍA MADRE DE DIOS 1 ENERO

Las misas el día 1 serán en el horario de domingos y festivos. La víspera, miércoles 31 habrá misa a las 19 h. y a las 20 h. Recordad que el día 1 de enero es día de precepto.

EL AMOR DE UNA MADRE

“Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer”. ¡Qué hermosos son los ojos de una madre!… ¡Sí!, mirar el rostro de una madre es mirarse a uno mismo. No hay nada que podamos esconderle, tú y yo que estuvimos en sus entrañas, nada que explicar, ni nada que dudar. Nada como una simple mirada de una madre que entiende todo… y perdona todo. Cuando estuviste en el lecho del dolor, y ella estuvo velando por tu enfermedad… ¿qué otro remedio necesitabas? Su compañía, su entrega y su calor eran la única medicina que aliviaba tu dolor y tu angustia. ¡Qué gran significado adquiere la palabra amor en el corazón de una madre!… ¡y cuánto me gusta esta fiesta (primer día del año), dedicada a la Madre de Dios, y madre mía… Madre del amor hermoso!

“Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: «¡Abba!Padre”. Aún recuerdo aquel viejo cuento de un hijo desagradecido que, embrujado por el amor de una mujer malvada (y a petición de ésta), arrancó el corazón de su madre para entregárselo en una bandeja a la supuesta amada. Ése joven, corriendo por los caminos, desesperado, tropezó, cayendo herido y maltrecho… Cuenta la leyenda, que desde aquel corazón sangrante de la madre, que había rodado también por tierra, salió una voz: “¡hijo mío, ¿te has hecho daño?!

Si el amor humano de una madre puede contarse hasta estos extremos, ¿cuánto más puede significar el amor de Dios? La respuesta la tenemos en el hermoso regalo que nos ha dado en su Madre, la Virgen María. Son miles las anécdotas e historias que corren a lo largo de la historia, y que nos explican los favores recibidos por mediación de María. Abogada e intercesora nuestra que, desde la eternidad, suplica e implora ante Dios y su Hijo por nuestra salvación. Ella entendió como nadie lo que supone vivir en el servicio a Dios y a sus semejantes (¡es la llena de gracia!). Desde aquel primer “sí”, dado al enviado de Dios en Nazaret, pasando por el detalle de que no faltara vino a aquellos recién casados, hasta permanecer, angustiada y rota de dolor, pero firmemente anclada al pie de la Cruz de su Hijo…¡Cuánto nos ama Dios, y cuánto nos queda por agradecer!

“Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho”. Pero ahora, en este comienzo de año nuevo, aún queremos ver a la Virgen cambiando pañales a su Hijo y acariciando su rostro, a la vez que enjugamos también nuestras lágrimas (por tantas cosas que hemos de cambiar en nuestras vidas) con el borde su manto. ¡Todo ha sido tal y como se nos dijo!… Lo hemos visto y lo hemos oído: A ese Niño que fija su mirada en los hermosos ojos de su Madre, y también las palabras de aliento que salen de los labios de la Virgen y se dirigen a cada uno de nosotros: “¡anda, ve y haz lo que Él te diga!”

1ª Lectura (Núm 6,22-27): En aquel tiempo, el Señor habló a Moisés y le dijo: «Di a Aarón y a sus hijos: ‘De esta manera bendeciréis a los israelitas: El Señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz’. Así invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré».

Salmo responsorial: 66

R/. Ten piedad de nosotros, Señor, y bendícenos.

Ten piedad de nosotros, y bendícenos; vuelve, Señor , tus ojos a nosotros. Que conozca la tierra tu bondad y los pueblos tu obra salvadora.

Las naciones con júbilo te canten, porque juzgas al mundo con justicia; con equidad tú juzgas a los pueblos y riges en la tierra a las naciones.

Que te alaben, Señor, todos los pueblos, que los pueblos te aclamen todos juntos. Que nos bendiga Dios y que le rinda honor el mundo entero.

2ª Lectura (Gál 4,4-7): Hermanos: Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos. Puesto que ya son ustedes hijos, Dios envió a sus corazones el Espíritu de su Hijo, que clama “¡Abbá!”, es decir, ¡Padre! Así que ya no eres siervo, sino hijo; y siendo hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

Versículo antes del Evangelio (Heb 1,1-2): Aleluya. En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres, por boca de los profetas. Ahora, en estos tiempos, nos ha hablado por medio de su Hijo. Aleluya.

Texto del Evangelio (Lc 2,16-21): En aquel tiempo, los pastores fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel Niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno.

«Los pastores fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre»Rev. D. Manel VALLS i Serra(Barcelona, España)

Hoy, la Iglesia contempla agradecida la maternidad de la Madre de Dios, modelo de su propia maternidad para con todos nosotros. Lucas nos presenta el “encuentro” de los pastores “con el Niño”, el cual está acompañado de María, su Madre, y de José. La discreta presencia de José sugiere la importante misión de ser custodio del gran misterio del Hijo de Dios. Todos juntos, pastores, María y José, «con el Niño acostado en el pesebre» (Lc 2,16) son como una imagen preciosa de la Iglesia en adoración.

“El pesebre”: Jesús ya está ahí puesto, en una velada alusión a la Eucaristía. ¡Es María quien lo ha puesto! Lucas habla de un “encuentro”, de un encuentro de los pastores con Jesús. En efecto, sin la experiencia de un “encuentro” personal con el Señor no se da la fe. Sólo este “encuentro”, el cual ha comportado un “ver con los propios ojos”, y en cierta manera un “tocar”, hace capaces a los pastores de llegar a ser testigos de la Buena Nueva, verdaderos evangelizadores que pueden dar «a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel Niño» (Lc 2,17).

Se nos señala aquí un primer fruto del “encuentro” con Cristo: «Todos los que lo oyeron se maravillaban» (Lc 2,18). Hemos de pedir la gracia de saber suscitar este “maravillamiento”, esta admiración en aquellos a quienes anunciamos el Evangelio.

Hay todavía un segundo fruto de este encuentro: «Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto» (Lc 2,20). La adoración del Niño les llena el corazón de entusiasmo por comunicar lo que han visto y oído, y la comunicación de lo que han visto y oído los conduce hasta la plegaria de alabanza y de acción de gracias, a la glorificación del Señor.

María, maestra de contemplación —«guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19)— nos da Jesús, cuyo nombre significa “Dios salva”. Su nombre es también nuestra Paz. ¡Acojamos en el corazón este sagrado y dulcísimo Nombre y tengámoslo frecuentemente en nuestros labios!